Sus familias, por supuesto, son quienes atraviesan el dolor más profundo. Detrás de cada atleta hay padres que madrugan, que conducen kilómetros para llegar a entrenamientos, que hacen sacrificios económicos para costear vestuarios, patines, coreógrafos y viajes. El patinaje artístico no es un deporte sencillo ni barato. Es una apuesta total. Y ellos apostaron todo por sus hijos, creyendo en su talento, acompañándolos en cada paso.

El impacto de esta pérdida no se limita a su círculo cercano. Federaciones deportivas, clubes y asociaciones han expresado su pesar. Minutos de silencio en competencias, cintas negras en uniformes, homenajes improvisados sobre el hielo con flores y velas encendidas. Son gestos simbólicos, pero necesarios. Ayudan a canalizar el duelo colectivo.
Quienes compartieron vestuario con ellos recuerdan anécdotas sencillas pero reveladoras. Bromas antes de salir a competir para aliviar la tensión. Abrazos tras una rutina fallida. Celebraciones espontáneas cuando un salto salía perfecto en entrenamiento. Esos pequeños momentos, que a veces pasan desapercibidos, se convierten ahora en tesoros imborrables.